A
unque sea complicado es necesario pronunciarse con precisión sobre como entender la coyuntura que transitaremos, con el Consejo Electoral designado y firmas ya entregadas, en las próximas semanas y meses, una vez desencadenado el proceso hacia el Revocatorio del Guerrillero-Cartier-Armani-Airbus, que funge en sus ratos libres de Presidente.

Cuando se pronostica, suele ser muy frecuente en polĆ­tica, equivocarse en los tiempos. Y si los que tienen la responsabilidad de ponerle calendario al proceso se pelan, hay severos riesgos de confrontación. DeberĆ­an, entonces, ser extremadamente cautos en eso cuidar no invertir las fuerzas antes de tiempo o hacerlo ya pasada la oportunidad de su necesario despliegue. En cristiano lo que me inquieta es que hay demasiada gente apostando a que “el sujeto” serĆ” derrotado en un acto electoral referendario al que llegaremos sin grandes sorpresas, con score final ocho a dos, y al ser execrado el TrucutĆŗ se queda tranquilo y reorganizamos el Estado, el rĆ©gimen y el gobierno e iniciamos el redespegue económico social. Cuando veo a ChĆ”vez mansito, felicitador y tirando puentes al dĆ­a siguiente de insultar como guarango a quien obstruye sus planes me pregunto: ¿CuĆ”l nueva infamia estarĆ” planeando?

Esta discusión no es abstracta. Tenemos dos grandes derrotas políticas a cuestas que explican, por si solas, la supervivencia del malandraje en el poder. Sin embargo es tal el nivel de repudio renovado y acumulado, en contra del Bicho, que a pesar de los retrocesos transitorios se conserva el proceso victorioso de la única revolución que hubo aquí en los últimos 45 años: la que hicimos contra ChÔvez el 11 de Abril del 2002, y eso para no entrar en disquisiciones históricas de mayor tenor. Ese prodigioso movimiento que fracturó el régimen y expulsó del poder al chavismo y a su jefe, fue expropiado por una dirección de oposición chambona y obtusa que improvisó hasta el paroxismo, profundizando el vacío de poder que nos devolvió, de la mano de las FFAA, al tarambana, generando, entre el 13 y el 15 de Abril una severa frustración que tuvo el mismo efecto de una gravísima derrota política.

Sólo por solidaridad automÔtica nos impusimos considerar a quienes fueron autores de esas torpezas sin precedentes, al convertirse en víctimas del régimen. Pero ese es un balance aún pendiente.

Era tal la fragilidad, cuando el retorno, de éste gobierno sobreviviente, recuérdese a ChÔvez crucifijo en mano pidiendo perdón, y tantos sus despropósitos, que al cabo de cinco meses el movimiento opositor ya se encontraba plenamente recuperado, y en despliegue de fuerzas, para imponer la renuncia del bellaco. Padecimos entonces los líderes de la otra camada, caras nuevas y viejas, las repetidas de Abril. Estos nos llevaron al callejón sin salida del Paro General Indefinido, incluyendo una Huelga General Petrolera, también indefinida y un copamiento mediÔtico opositor interminable pidiendo, elecciones y otros una consulta asexuada, el famoso consultivo, rogÔndole en la pregunta al genocida de Abril, que ojalÔ pudiera considerar la posibilidad de quizÔ pensar alguna vez en su renuncia.

La derrota de nuevo nos costó carísima. Muchos actores, sobre todo los petroleros y marinos mercantes, en gran número, fueron arrasados socialmente por el presidente aventurero. El papel de los dirigentes y sus decisiones, que nos afectaron y afectan todavía a todos, serÔ balanceado en su momento, cuando no distraigan la solidaridad incondicional con ellos y la unidad de los opositores. Sepamos sin embargo que otra vez el tabú nubló la comprensión clara de los acontecimientos. Sobre todo porque el pedigrí de líderes intocables, cuyos dislates nos tragamos en silencio, usufructúan esa especie de tregua en los balances, por respeto a los trabajadores despedidos.

Necesitamos discernir sobre las tortas que se pusieron para orientarnos mejor en la etapa que se inicia. Si se quiere tumbar el gobierno o lo que quede de Ć©l, con una Huelga General PolĆ­tica que se sepa desde ya, que a la semana, si aĆŗn no ha caĆ­do, es porque estuvo mal preparada, mal lanzada y sobre todo que aĆŗn no se habĆ­an reunido las fuerzas para intentarla con un mĆ­nimo de garantĆ­as de victoria. AdemĆ”s debe entenderse que una huelga para echar un rĆ©gimen, que se niega a abandonar la escena, es por naturaleza y definición insurrecional. Les adelanto, para ese balance, que un alto dirigente de AD, apenas iniciada la Huelga de diciembre 2002, al ver que el Oeste caraqueƱo no paró dijo: “Esta huelga sin el Oeste tiene un elevadĆ­simo riesgo de perder”. Mientras tanto militares tomaban el gusto a la tribuna y a la plaza pĆŗblica: ¿CuĆ”nto costó polĆ­ticamente, cuanto ayudó, cuĆ”nto se perdió en tĆ©rminos militares en Altamira?

Por cosas como estas, que saben los que tienen kilometraje político recorrido, es por lo que decimos: cuidado con el tercer asalto. No es hora de referéndum reconciliatorio, es la hora del expulsatorio. Insistimos que ésta vez no es una cuestión de gremios, ni de capacidad de influencia mediÔtica, ni mucho menos de vedettes, tratando de robar cÔmaras para exhibir sus pulcros semblantes. Si nos equivocamos no tendremos siempre la oportunidad de recuperarnos en seis meses.

También creemos que es una grave manipulación, inadmisible, digna de agentes encubiertos de los intereses del gobierno, que se hable de movilizar millones y arriesgar la integridad de miles para fijarles un límite estrictamente electoral al campo opositor.

Y si se estima que no hay condiciones evidentes para echar al gobierno mediante un movimiento insurreccional, entonces intentarlo es aventurero, irresponsable y criminal. Pero esto debe debatirse públicamente, por la sencilla razón que si se mantiene en cenÔculos los únicos enterados serÔn los servicios de inteligencia del gobierno que los espía y los protagonistas del liderazgo pantallero jugando doble con un discurso incendiario para la calle y negociador tras bastidores.

SĆ© que es complejo debatir sobre estas cuestiones delicadas, sobre todo para epidermis sensibles, pero la ventaja, cuando se emplea este lenguaje tajante, es que NO se presta a interpretaciones.

Lamento herir algunas susceptibilidades pero es inevitable que hablemos muy claro, por cuanto nos acercamos a otra situación límite y es intolerable que vuelvan con la cantaleta pacifista sin extraer las consecuencias de esa postura. Quien la sostenga debe también explicarle a los venezolanos que es lento, largo, e incierto el calendario que lleva, dentro del juego institucional, a esperar un desgaste de ChÔvez por otros años mÔs. Defendemos el derecho de sostener esa opinión a quien lo piense sin rubor. No debe chantajeÔrsele con juicios morales, debe respetarse ese sentir a quien estime que no debemos ir, por ningún concepto, a una confrontación, por lo riesgosa que resulta, por su costo en victimas o precaviéndose de otra grave derrota.

El tercer gran asalto contra este gobierno de destrucción nacional no pueden, aunque quieran, debatirlo entre unos cogotudos que no dan la cara con sus argumentos en torno a las famosas sentencias paralizantes de: “no caer en provocaciones”, “no embestir a los trapos rojos del gobierno” y otras exquisiteces del electoralismo ramplón que no quiere tumbar al gobierno para entenderse con Ć©l, con mecanismos del rĆ©gimen para apacentar en los calendarios electorales del chavismo. Hay algo que no cuadra aquĆ­ y hay que descubrirlo, no como si fuera la eterna conspiración con la que se deleitan los analistas superficiales, sino para explicarnos las razones sociales y oportunistas que las sustentan y sobre su solidez. Nadie en su sano juicio se entierra con un gobierno moribundo. El oportunismo, sólo lo encontraremos entre quienes opinan que el chavismo debe todavĆ­a seguir gobernando.

EntendĆ”monos: aquĆ­ la gran tarea “insurreccional” es prepararse para imponer el referĆ©ndum en la calle. NingĆŗn CNE, ningĆŗn Tribunal Supremo, ninguna institución del Estado, a la que ChĆ”vez pueda chantajear, auspiciarĆ” apaciblemente o tolerarĆ” sin retorcijones ese Revocatorio. Si ChĆ”vez logra diferir y diferir en el tiempo y hasta el 2004, Ć©ste legal, legĆ­timo, y agónicamente necesario ReferĆ©ndum Revocatorio, entonces la lucha frontal debe arrancĆ”rselo, con el apoyo de la comunidad internacional. Aprovecho este tópico para reiterar que NO esperemos de ellos, y en particular de USA o la OEA, que impongan nada, si no lo hemos ganado primero nosotros en la calle.

A quienes sacaron otras cuentas, sobre el dechado de virtudes de los mecanismos institucionales, quiero señalarles que no habrÔ Referéndum si no lo imponemos. Sepamos que antes el atronao se negarÔ en redondo a aceptarlo y querrÔ, por mil vías, sabotearlo incluyendo el terrorismo de Estado, buscando que nos desesperemos. Las instituciones pueden verse obligadas a convocarlo y a garantizar su resultado, si y sólo si, millones de opositores, en las autopistas, imponen la deserción a los cincuenta mil carreteados por el gobierno de todo el país hasta Caracas. Sólo retrocederÔn ante lo imponente del repudio beligerante a ChÔvez que lo arrincone, derrote y ponga en fuga.

EstÔ equivocado quien sostenga que luchar por el Referéndum se opone a la tesis que es casi inevitable una confrontación con el régimen, para desplazarlo. La lucha, entonces, hasta nueva orden, es absolutamente legal, institucional, pacífica y electoral. Creo que no dejo lugar a equívocos. Pero al sabotaje del gobierno, que burlarÔ su propia constitución y todos los acuerdos nacionales e internacionales, para impedir ha como de lugar ese Referéndum, no podemos responderle con retrocesos y desmovilización y menos aún lanzarnos a una lucha suicida como lo fue el paro indefinido pacifista y bailoterÔpico.

Si ha de haber Huelga General política que sepan quienes la dirijan que ésta vez serÔn execrados de la dirección opositora y tratados como agentes directos del gobierno, aquéllos reincidentes en el discursito aterrorizado, que postrÔndose de hinojos, ante el montonero presidente, alentarÔn en él provocar otro baño de sangre. Y esa desgracia sólo puede evitarla quien esté dispuesto a torcerle el brazo al asesino. No los contemporizadores de oficio.

Quien dirija Ʃsta etapa decisiva de la lucha de Venezuela contra su destructor, no pueden ser aquƩllos que roncan y roncan, para despuƩs decirnos lo que las gallinas les soplan al oƭdo. Congelando el movimiento. Para despuƩs vociferar a los quince dƭas que debemos calentar la calle de nuevo. Quien a nombre de no se cual consenso desoye el estruendo del pueblo alzado y ordena que hay que retirarse tranquilos al hogar, que se vaya al infierno porque Ʃsta vez queremos ganar. Esas jugadas de laboratorio, esas carambolas de billar polƭtico, que la practiquen en su cofradƭa pero no con un colosal movimiento de multitudes, obligado a retirarse una y otra vez por la pusilanimidad manifiesta de esos autoelegidos dirigentes.

QuizÔ suene reiterativo pero no puede volver a ocurrir que una cúpula invente que hay que retroceder. Si hay que hacerlo eso debe consultarse de cualquier manera y con cualquier método de emergencia. Una dirección que quiera avanzar y asume riesgos mal calculados, siempre puede retroceder a tiempo, porque el instinto de conservación de la gente le indicarÔ que debe dar pasos atrÔs. Lo criminal es el derrotismo. La traición de la voluntad de combate de millones se patentiza cuando la gente quiere pelear y observan atónitos que sus dirigentes retroceden sin razón. En tiempos de lucha frontal, contra un régimen de vocación totalitaria y de claro signo antinacional, pueden comprenderse, y podemos no censurar con demasiada acritud, los errores de cÔlculo de quienes se equivocan precipitÔndose. Imperdonables son los errores nacidos de la cobardía, los cometidos por subordinarse a intereses subalternos y, por supuesto, los errores de ambiciosos que usurpan una dirección sin tener la capacidad de discernimiento sobre la magnitud de lo que dirigen y se lanzan a inventar vainas absolutamente improvisadas.

El proceso político por el Referéndum nos llevarÔ a una situación que combinarÔ la experiencia del 9, 10 y 11 de Abril del 2002, con la obtenida durante el alza de enormes fuerzas multitudinarias, movilizadas en las calles, propias del último trimestre del 2002.

Aquí, o hay Referéndum para una salida pacífica y electoral de la crisis de ingobernabilidad terminal, a la que el chavismo nos condujo, o el país tendrÔ que escoger si se mantiene bajo el yugo del marginalato por otro u otros años mÔs, o decidimos que este mismo año debe terminar ésta pesadilla. Este desiderÔtum de la inmensa mayoría debe conocerlo quien pretenda ocupar la dirección de la oposición. Aunque el costo de traumas y víctimas, que nadie puede predecir ni cuantificar de antemano, se eleve al tamaño que decida éste delincuente, turbador y energúmeno, artífice de la pomposa estupidez gobernante.

Lo conocemos por Llaguno y por el caballero Joao. Sabemos que resolvió azotar éste país para manosearse su ego de narciso político, que como se sabe causan desgracias de alta monta. No olvidemos al tierno anciano, el que manda a matar niños en alta mar para que no se fuguen de su paraíso a donde ChÔvez huirÔ para escapar al Tribunal de la Haya. El tirano caribeño, el mayor de todos los tiempos, invitado de honor al festín de horror, prepara, desde hace años, con su enamorado locoide y locuaz un gran plan para evitar la caída que pondrÔ fin, entre muchas calamidades, al saqueo por la infecta burocracia castrista de nuestros recursos energéticos.

Amigos “dirigentes” de la oposición hay que merecer la confianza de la inmensa mayorĆ­a de los venezolanos que no quieren volver a perder sus esfuerzos y menos aĆŗn su esperanza de acabar con esta sinrazón de vida y de futuro. Quienes han representado a la oposición, independientemente de su mejor buena fe, no estuvieron a la altura y medida de lo que se esperaba. No queremos improvisados. Queremos ganar. Sólo deben dirigir quienes hagan lo imposible por lograrlo. Los que tengan intereses opuestos a la fĆ©rrea necesidad de unidad para pelear ¡¡ APƁRTENSE !!